Fragmentos de algo nuevo. Aún está muy bebé y chafa, ténganme paciencia.
El final del verano de 2013 parecía más bien el fin del
mundo. Miguel nunca había visto llover así, nunca había sentido esa bocanada de
invierno en pleno septiembre, llovía todos los días la mayor parte del día y
apenas salía un calcinante sol un par de horas, para apenas secar el pavimento
y revelar un extraño y atractivo verdor en las aceras, sobre todo en el Jardín
de las ardillas que comunicaba el laboratorio con el resto del mundo. Llovía
con un enfado tal que hacía pensar que el agua quisiera recuperar su hogar en
el fondo del lago de Texcoco que durante siglos los capitalinos se habían
empeñado en tomar con cantera y mantener con asfalto y concreto. La ciudad era
un caos lleno de arroyos, estanques y pozas que formaban a su vez ríos interminables
de automóviles e interminables embotellamientos facilitados también por los
maestros manifestantes contra una reforma a la educación que no reformaba nada
y menos relacionado a la educación. Llovía a mares por toda la ciudad, llovía
tanto que incluso llovía dentro de muchas casas, la de Lilo y la de Miguel, por
ejemplo. Pero llovía adentro en más de un sentido, y Miguel sentía la humedad y
oscuridad de las tormentas más cerca que los demás.
...
Reconoció esa caligrafía como propia de inmediato, ya que su
fealdad era innegable, tanto como la torpeza para utilizar ese tipo de pluma.
El contenido del texto, sin embargo, le pareció demasiado solemne para ser propio,
aunque una o dos frases sonaban mucho como él. El mensaje era bastante
rebuscado, y no lograba comprender del todo por más que releyera una y otra y
otra vez.
...
En un capítulo incompleto cercano a la mitad, explicaba que
durante muchos años él se había sentido atrapado en un presente continuo, en un
puente que conectaba el pasado y el futuro pero que en realidad nunca dejaba
una orilla y en realidad nunca alcanzaba la otra. Decía que en especial al
terminar la maestría, sentía como si ese presente continuo y absoluto lo
presionara, empujándolo al mismo tiempo a un futuro inexistente y a un pasado
al que era imposible volver o que en realidad nunca existió. El futuro lo había
alcanzado y rebasado, y el puente se hacía cada vez más angosto y más corto.
Buena parte del libro hacía referencia a esa época, de una y mil formas para
uno y mil efectos, y Miguel entendía por qué. Y entendía por qué no se había
mandado el libro completo.
...
Entendió al terminar el último capítulo, que llegado su
momento debería enviarse también ese paquete para recuperar la esperanza, darse
ánimos y sentir una prueba patente de que eventualmente dejaría de llover.
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