Todos tienen un platillo favorito, un sabor de helado, un chicle motita o sabor de sugus favorito. Todos tienen una canción, película, serie, caricatura, color y tenis favoritos. Y todos tienen un libro favorito. Algunos tendrán muchos, y eso tal vez sea lo mejor, tener muchos favoritos, pero si tienes suerte, un libro llegará y te tocará de tal manera, que se hará parte de ti, que sus párrafos se te meterán adentro y te devorarán desde ese punto hasta salir a la piel, y tu voz se llenará de la voz ajena del autor, y tu imaginación se volverá una pantalla que proyecte los sueños y visiones de alguien más. Y si tienes la fortuna que ese autor es Cortázar, y ese libro es rayuela....
Se cumplen 50 años de que Julito plasmara
en un libro su visión de París, de Buenos Aires, de él mismo, y viajándonos
mucho, de lo que debe ser un libro. Hay libros fantásticos, que se conectan con
sus lectores, que de una manera u otra “te llegan”, te ponen la piel chinita, y
son esos libros los que se hacen de miles de fanáticos y pasan a la historia.
Rayuela es diferente, en primer lugar por que es MI libro favorito y es el
mejor libro que existe, y en segundo lugar, porque no es un libro, es una
infinidad de libros. Es una historia que se puede armar y desarmar, contar y
deshacer mil veces, y mil veces ser diferente. Eso es lo que permite que
conecte con millones de personas de millones de maneras distintas. Claro, está
la forma “normal” de leerlo, que de por sí atrae y cautiva. Está la forma “sugerida”
que es como leer un libro y al mismo tiempo que alguien te lo vaya explicando y
desexplicando al mismo tiempo. Y está la forma “azarosa” de abrir el libro en
un capítulo cualquiera y dejarse seducir y sorprender. Cada una con su encanto,
cada una con su gancho, cada manera de leerlo es como leerlo por primera vez.
Y aunque cada vez que lo leas
será algo diferente, siempre estará París, siempre estará la lluvia sobre los
puentes, la gabardina empapada. Cortázar nos dibuja una París húmeda, gris y
pobre, llena de muebles enmohecidos, alcohol barato y polillas. Cortázar nos
dibuja una París cruda y real, alejada del esplendor y romanticismo, y al mismo
tiempo más cercana de la fantasía que nunca. Quien leído Rayuela se ha visto
seducido por la Maga, enamorado por Talita, y encantado por Horacio. El libro
tiene una extraña capacidad de envolverte en su mundo y sentarte en el cuarto
con Rocamadour en la cama. Oler el mate y el tabaco, sentir el calor de algún
licor barato en la garganta, y escuchar cómo las gotas de lluvia contra las
ventanas llevan el mismo ritmo que el jazz que se escucha suavemente. Todos los
hadeptos hentonamos el himno mudo y soez del club de la serpiente, todos nos
sentimos hijos de las incontables madres de Gregorovius y todos sentimos que
podríamos ser amigos de Talita y Traveler.
Rayuela es un libro de libros, es
una historia contada con mil historias más. Y tal vez el genio de genios del
libro sea lo que lo hace tan difícil de leer: los capítulos suplementarios,
Morelli y sus morellianas; historias que ocurren antes, durante o después de
los capítulos base, o simplemente textos que parecen no tener sentido, que le
ayudan a Julio a meterse más dentro de nuestra cabeza y susurrarnos con un
aliento lleno de humo lo que él quiere que pensemos y sintamos. Esos capítulos
extra son todo y no son nada, carecen de sentido porque le dan todo el sentido
al libro. Son los capítulos que explotan en nuestras mentes y nos obligan a
ensanchar el cráneo para que quepa más imaginación, más entendimiento.
La verdad es que aprendí francés
para aprender Rayuela, y soy creyente de que cuando uno comprende por completo
un libro así, entonces comprende la vida, comprende todo. Rayuela es un
vehículo, es un puente, es la borrosa, incontinua y delgada línea que separa la
tierra del cielo, un detonante de mentes y un acertijo envuelto en adivinanzas.
“… aunque no pudiera durar más
que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas
hubiera sido inclinarse apenas hacia afuera y dejarse ir, paf se acabó”
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