Faltan dos días para mi cumple y soy un escritor wannabe
Por si no se han dado cuenta, porque en realidad es muy difícil de ver, me gusta escribir. Es de mis pasiones más profundas e íntimas. Por eso existe este blog en primer lugar, porque no hay nada más íntimo que escribir en un lado para que lo vea todo el mundo. Como Charlie, en Perks, no siempre basta con hablarnos a nosotros mismos en voz baja, a veces debemos gritar, llorar, cantar, bailar, aunque nadie nos escuche o mire, a veces debemos hablar con nadie hablándole a todos. A veces no es necesario recibir una carta de respuesta, basta con enviarla. "Querido amigo" es el mundo, todos y nadie. A veces eso es lo que hace falta, hablarle a todos para podernos escuchar mejor, y tal vez alguien del otro lado lea lo que nos decimos, y sea justo lo que él también desea escuchar. Tal vez hablarle a todos sea la mejor manera de hablarnos a nosotros mismos.
Lo terapéutico de escribir, para mí, es esa extraña virtud de hablar con uno mismo desde los ojos de alguien más, es como disfrazar la mente para una obra de teatro en el que el escenario y el telón también son personajes y también somos nosotros. Es una buena manera de escapar del mundo y escucharnos sin el ruido de fondo que a veces puede ser la realidad, y sin embargo, tantas veces esa realidad es la que tan desesperadamente tratamos de plasmar en un par de párrafos. No hay mejor lugar para refugiarse, esconderse y encontrarse que dentro de uno mismo, y como no todos podemos ayudarnos a salir de nosotros mismos pintando o con música, para eso hicieron las palabras, para tener aún más maneras de sacar lo que sea que llevamos dentro.
El tiempo es de mis temas favoritos para escribir, es algo que me fascinado desde siempre, su incesante interés por darnos y quitarnos, su mirada intimidadora y llena de esperanza, sus palabras dulces llenas de consuelo y rencor. La seductora y repulsiva manía que tiene el tiempo de cambiar, hacer y deshacer, así como su extraño humor de no darse importancia, son cosas que como el Jazz, siempre me hacen sentir fuzzy por dentro. Y es algo que trato de mezclar y revolver en lo que escribo, por supuesto.
Al fin y al cabo, todos somos escritores de nuestras vidas, y en un casi ideal, todos deberíamos de ser los protagonistas, y nosotros y sólo nosotros debemos escribir el final e inicio de cada capítulo. Debemos ser incansables en mantener el suspenso, el picor, el humor, la comedia y el drama. Debemos hacer de nuestra vida una gran colección de volúmenes que merezcan ser contados, aunque a veces sea tan difícil y cansado. Es tan fácil querer alargar frases durante una duración casi infinita que no tenga final y nos permita continuar y alejar tanto el final de la oración marcado por ese tan definitivo punto, y en cambio, es tan necesario a veces tomar una pausa, poner una coma aquí o allá, para cambiar de rumbo, para detenernos a pensar si en verdad esto es lo que queremos, o si cada vez nos alejamos más de lo que originalmente quisimos. Pero lo más difícil es escribir los puntos, pensando muy adentro de nosotros que todos los puntos son puntos finales, habiendo tantos puntos y seguidos en nuestra vida, sabiendo que en realidad no hay terminación, tal vez ni siquiera la muerte sea ese punto final al que tanto tememos, al final podría ser un punto y aparte más, un nuevo capítulo en el que podemos una vez más elegir los caminos por los que nos llevaremos a nosotros mismos.
Todos somos escritores, todos nos susurramos palabras en las noches o en la soledad, todos soñamos y estamos llenos de ilusiones, todos tenemos la voz y las palabras para escribirnos, re-escribirnos y des-escribirnos las veces que sea necesaria. La vida es una sucesión de comas, puntos y signos de interrogación, es un borrador que continuamente reescribimos esperando algún día publicar, pero que la vida misma nos regresa, porque nos falto cerrar un paréntesis, porque hay párrafos que no deberían estar, y tantos otros que faltarían, porque ese aquí es allá, porque ese más lleva acento, y porque siempre podemos alargar aún más el final. Y claro, siempre hay espacio para un epílogo, y para una secuela.
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