Una vez hace muchos años alguien escribió sobre mirar el techo. Peculiar la manera en que todo se repite. Todo ocurre y vuelve a ocurrir interminablemente. Y lo que más nos duele es que las cosas dejen de repetirse. Y lo que más nos emociona son las cosas nuevas. Mirar el techo picado, mirar las sombras de las pequeñas e insignificantes montañas, mirar los puntos negros en el lienzo blanco, imaginarse un negativo de las estrellas que de noche algún día se vieron en aquella enorme ciudad.
Y hoy. Hoy sólo podría escribir de recuerdos. De sombras sobre sombras. De cielos nublados. De noches y días sin más inspiración que la nostalgia.
Llueve. No llueve. Deja de llover. Empieza de nuevo. Empieza, pero es otra lluvia al fin y al cabo. Las gotas caídas no vuelven a caer. Se quedan quietas esperando a que las nuevas las aplasten. Y sólo el instantáneo brillo del relámpago aparecen de nuevo los puntos en el techo, pero son distintos. Sólo en la luz de la tiniebla y la tormenta la nueva luz es visible
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