Que ambos cruzaran la mirada en aquel instante, en aquella sala de museo atascada de gente, no fue intervención divina, fue simple y sencillo destino, disfrazado de casualidad. Ella admiraba una de las fotografías, atónita de la belleza de la imagen; él admiraba otra belleza, la de ella, ya que aunque sólo podía mirar el cabello lacio negro frente a la fotografía de colores brillantes eso era lo único que necesitaba. Dudó como todo hombre, con temor al rechazo, pero sacó valor después de media hora de perseguirla entre las señoras, los muchachos, los jóvenes, los eruditos, los fotógrafos, los artistas, los periodistas, y allí delante de la fotografía de un aborigen australiano delante de un enorme eucalipto se atrevió a decir “hola”.
Selene miraba al chavo que se le había saludado con tanta timidez, era de buen ver y parecía una persona decente, así que le devolvió el saludo además de una sonrisa de aquellas que sólo una mujer puede hacer. Terminaron la exposición juntos, cuando salieron Arturo le invitó un “algo”: un café, un helado, una comida, una paleta, un chicle. Durante el mes siguiente estuvieron saliendo con frecuencia y hablando por teléfono durante las noches. Ella lo encontraba muy dulce, él la encontraba adorable; a ella le gustaba la forma en que caminaba, a él le gustaba cómo ella se sentaba y sus gestos. Ambos encontraban la compañía del otro bastante agradable y amena, por lo que a Arturo no tardó en cruzarle por la cabeza la idea de hacerlo formal y serio.
Un miércoles por la tarde, ya cerca la puesta del sol, Arturo la llevó a su lugar favorito, a una jardinera única para él en alguna plaza de Coyoacán, habían comido hamburguesas y luego habían visto una película francesa bastante obscena y cómica; ahora estaban mirando a la gente pasar y charlando con un par de helados de mamey. Arturo estaba tenso, nervioso y temblaba; lo último no necesariamente por el nerviosismo sino más bien por una indigestión producida por una hamburguesa que fue cocida y luego recalentada varias veces durante casi una semana. Una vez que sus intestinos se habían calmado decidió hacer su movida, luego de decirle las cursilerías propias para la ocasión y usar un poco de su encanto obtuvo una respuesta positiva y una sonrisa como la primera que ella le había dado. El temor se había ido y ahora sólo quedaba un deseo que anidaba en sus labios palpitantes, acercó su boca al rostro de Selene, besó sus párpados, su nariz y mientras bajaba a los labios abiertos notó que un burbujeo empezaba en su abdomen. Notó lo que pasaba, trató de contenerlo, trató de presionar todo lo que podía ser presionado. Pero fue inútil, con un sonido grave, fuerte y lo más sonoro que se pudo salió aquello un producto de lo que ingirió unas horas antes.
Tratar de describir la penosa situación en la que se encontraba sería inútil, su rostro se puso rojo intenso, sentía que le ardían las orejas y desvió de inmediato la mirada de la de Selene, que con el sonido y la vibración de la banca abrió los ojos y lo miraba sin saber qué hacer. ¿Era hora de correr? ¿Levantarse, irse? ¿Decir algo para hacer sentir menos incómodo al otro? ¿Reírse, tal vez? Selene vio a Arturo tan apenado y tan confundido que no pudo sino sentir pena por él, y por ella y por la relación que no bien empezada ya se acercaba a su turbulento fin, viendo una salida que quitaría la pena de ambos, hizo un leve esfuerzo y devolvió una vibración a la banca si bien más sutil que la de Arturo no por eso menos notoria. Arturo la miró, Selene le sonrió de aquella misteriosa manera por tercera vez, y el par de sonrojados enamorados se besaron. No hubo vergüenzas, no hubo penas, nada más hubo pedos. MAPO 07
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